lunes, 2 de mayo de 2016

2004

Hubo un verano en el que no podía dormir. Entonces solía pasar la noche en la terraza de mi casa, acostado en una reposera y escuchando música con mi walkman; ungido en repelente para los mosquitos veía la salida del sol. Luego bajaba, me ponía unas zapatillas, llenaba una botella de plástico con agua y me iba a correr a una plaza cercana a la estación de tren. Quería cansarme, gastar energías. Hacía las cuadras trotando, y podía escuchar mis pasos que retumbaban en las solitarias calles recién iluminadas por el incipiente sol. Escuchaba también el ruido de las persianas de las casas que se levantaban, desperezándose. Cuando llegaba a la plaza, yo ya estaba empapado. Había otros corredores solitarios. Ellos se tomaban el entrenamiento realmente enserio. Podía notarlo, en un principio, por su físico y en su indumentaria. Yo nunca he sido del tipo atlético -probablemente jamás lo seré- y usaba para correr unas zapatillas converse viejas; los otros corredores iban con calzas, remeras ajustadas que denotaban ejercicio regular, zapatillas nike con colores llamativos. Había también algunos viejos que caminaban en parejas, vestidos con camisa, pantalón de vestir y zapatillas. La temperatura iba aumentando a medida que la mañana iba creciendo sobre la plaza. Algunos se iban rápido, otros paraban y se sentaban en los bancos para refrescarse o se subían a sus autos con aire acondicionado. Yo, por mi parte, después de correr me tiraba boca arriba en el pasto, bajo un árbol, y, con la remera adherida a la piel dejaba que la transpiración se me secara. Miraba el cielo, despejado, claro, inmenso. Y entonces, empapado en transpiración, dormía.